Marta aborrece que su marido la critique. No a su persona, eso le da igual, es como es y ya no tiene remedio. No le gusta que critique sus actos, sus decisiones, sus ideas, sus relaciones, sus gustos y sus disgustos.
A lo largo de su vida ha tenido que soportar (y las ha soportado con mejor o peor humor, dependiendo del momento) críticas a su manera de vestir, de hablar, o de callar, que algunas veces viene a ser lo mismo, de llevar la casa, de cocinar, de relacionarse con determinada gente, o de no relacionarse con determinada gente, que también algunas veces es algo que se confunde...Durante años le ha afeado su falta de ambición en el trabajo, y eso le dolía especialmente porque, aunque lo intentó, jamás tuvo la ocasión de explicarle que precisamente esa falta de ambición es lo que les permitió sobrevivir en determinadas ocasiones que él parecía haber olvidado. También eran una constante los comentarios maliciosos cuando pasaba poco tiempo en casa, que se han convertido ahora, cuando apenas sale de ella, en censura a la pasividad de esa indolente manera de vivir en la que se ha instalado. Aunque, por encima de todo, lo que más aborrece es el reproche callado, esos silencios que ensordecen más que los gritos.
La he oído decir a menudo que, por las mañanas, al levantarse, simplemente por el tono con el que es gruñido el buenos días de rigor, sabe de qué humor va a estar todo el día. Y que luego, cuando ya está sentado al volante, corrobora esa primera impresión. Que ha aprendido a distinguir los días malos de los peores, que se ha hecho maestra en evitar enfrentamientos, que ha descubierto la manera de parecer transparente, casi invisible, para así evitar sus miradas, sus palabras, en caso de que las hubiera...y que, aborreciéndolo como lo aborrece, en algunas ocasiones añora esas críticas que le hacía su marido.
Aunque no suele hablar de ello, y para evitarlo sus salidas son en solitario, algunas veces, cuando el encuentro es fortuito y nos pilla a las dos en un buen momento, se sueltan las confidencias y me cuenta que desde hace unos años sus relaciones han ido degradándose, viciándose con la rutina de esos silencios, hasta convertirse en lo que es ahora, una simple cuestión de supervivencia, de procurar que cada día sea, al menos, no peor que el anterior. Y que, a pesar de todo, y teniendo motivos para ello, no le odia, porque, con el esfuerzo que no ha podido dedicar a convertir su matrimonio en un espacio de encuentro, ha conseguido que su marido le resulte indiferente.
