20 Enero 2007
Marta aborrece que su marido la critique. No a su persona, eso le da igual, es como es y ya no tiene remedio. No le gusta que critique sus actos, sus decisiones, sus ideas, sus relaciones, sus gustos y sus disgustos.
A lo largo de su vida ha tenido que soportar (y las ha soportado con mejor o peor humor, dependiendo del momento) críticas a su manera de vestir, de hablar, o de callar, que algunas veces viene a ser lo mismo, de llevar la casa, de cocinar, de relacionarse con determinada gente, o de no relacionarse con determinada gente, que también algunas veces es algo que se confunde...Durante años le ha afeado su falta de ambición en el trabajo, y eso le dolía especialmente porque, aunque lo intentó, jamás tuvo la ocasión de explicarle que precisamente esa falta de ambición es lo que les permitió sobrevivir en determinadas ocasiones que él parecía haber olvidado. También eran una constante los comentarios maliciosos cuando pasaba poco tiempo en casa, que se han convertido ahora, cuando apenas sale de ella, en censura a la pasividad de esa indolente manera de vivir en la que se ha instalado. Aunque, por encima de todo, lo que más aborrece es el reproche callado, esos silencios que ensordecen más que los gritos.
La he oído decir a menudo que, por las mañanas, al levantarse, simplemente por el tono con el que es gruñido el buenos días de rigor, sabe de qué humor va a estar todo el día. Y que luego, cuando ya está sentado al volante, corrobora esa primera impresión. Que ha aprendido a distinguir los días malos de los peores, que se ha hecho maestra en evitar enfrentamientos, que ha descubierto la manera de parecer transparente, casi invisible, para así evitar sus miradas, sus palabras, en caso de que las hubiera...y que, aborreciéndolo como lo aborrece, en algunas ocasiones añora esas críticas que le hacía su marido.
Aunque no suele hablar de ello, y para evitarlo sus salidas son en solitario, algunas veces, cuando el encuentro es fortuito y nos pilla a las dos en un buen momento, se sueltan las confidencias y me cuenta que desde hace unos años sus relaciones han ido degradándose, viciándose con la rutina de esos silencios, hasta convertirse en lo que es ahora, una simple cuestión de supervivencia, de procurar que cada día sea, al menos, no peor que el anterior. Y que, a pesar de todo, y teniendo motivos para ello, no le odia, porque, con el esfuerzo que no ha podido dedicar a convertir su matrimonio en un espacio de encuentro, ha conseguido que su marido le resulte indiferente.
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7 Enero 2007
Seacabó, seacabó, seacabó, seacabó, seacabó...
Por fin se acabó la navidad. Puedo volver a salir de la cueva en la que me había refugiado.
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29 Diciembre 2006
La navidad no es lo mío. Y todavía queda la mitad de los días por pasar. A ver si consigo meterme en la cueva y dormir hasta que todo acabe. Quiero, como los osos, hibernar.
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27 Diciembre 2006
No sé qué le pasa en las reuniones familiares, que siempre acaba sacando su lado más despreciable. En las de su familia, aunque allí, como están hechos todos de la misma pasta, no le dan la mayor importancia, y en las de la mía, en las que no suele haber el mal ambiente que reina en las otras. Hacía ya varios años que no se dignaba acompañarnos a ninguna de las comidas que, un par de veces al año, organizamos para poder pasar unas horas juntos y este año, para mi desgracia, dijo que sí. Aunque en realidad dijo que no, pero en el último momento vino con nosotras. Yo disfruto cuando no está, de una manera libre y sin complejos, preocupándome tan sólo de mi propio bienestar, sin morderme la lengua, sin tener que observar de reojo cada una de sus reacciones. No puedo hacerlo cuando sé que está allí, no participando, pero queriendo enterarse de todo, mascullando entre dientes, pero sin querer intervenir en ninguna de nuestras conversaciones, actuando como si le diéramos de lado, cuando es él el que rehúye todo contacto. De siempre, desde que nos conocemos, ha sentido un poco de envidia de nuestra manera de vivir, de las comodidades de las que normalmente hemos disfrutado, del cariño, de la unión, del desprendimiento, de la falta de roces psicológicos y la sobra de roces físicos. Charlamos, además, unos con otros, conversaciones a varias bandas, y eso para él, acostumbrado, más que a conversaciones, a cotilleos entre cuñadas, resulta bastante extraño. Para más incomodidad, nos tocamos, nos besamos, nos abrazamos continuamente, y a esas muestras de afecto él no ha podido tampoco acostumbrarse. Así que acaba sintiéndose completamente desplazado, porque ni siquiera en los mejores momentos ha sido capaz de encontrar su propio sitio. Y entonces le entran las prisas, la urgencia por salir de allí, mirándonos con esa cara de cabreo que, a pesar de llevar siempre puesta, se engrandece en esos momentos, hasta que, para que nadie más llegue a darse cuenta de la bomba que está a punto de estallar, he de dejar todo lo que, tan a gusto, estoy haciendo, y dar el primer paso para deshacer la reunión.
Hace unos años creí que había cambiado, pero al final siempre acababa cagándola. No ha sido diferente esta vez. Aunque al menos ya sé que nunca más querré que nos acompañe.
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26 Diciembre 2006
Casi todos los años es la misma historia.
Una mala comida en un buen restaurante.
Mesas demasiado juntas, con lo que acabas, sin querer, interviniendo en conversaciones que no tienen nada que ver contigo.
Niños que corren sin descanso hasta que acaban tirando por los suelos el perchero en el que, en difícil equilibrio, todas las madres han colgado el mejor de sus abrigos.
Reuniones familiares que suelen acabar en bronca antes de que lleguen los postres.
Navidad, navidad, dulce navidad...
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22 Diciembre 2006
Unos días de vacaciones no me vendrán mal. Si consigo, que lo más probable es que no, que sean de auténticas vacaciones. De momento, para mañana ya tenemos muchas horas ocupadas, en compras principalmente. He tardado tanto en decidirme por el menú que todavía no he pasado por el mercado. Y seguro que pillamos la aglomeración. En cierto modo, será una experiencia nueva, pues iremos los tres juntos y así hacemos colas diferentes. Yo me pido los salazones. No sólo porque espero que me den algún cachito para probar (mmmmmmmm...qué buena la mojama) sino porque me encanta el olor de todo ese pescado seco y salado. Y las conversaciones, nunca son las mismas allí que en la pescadería o la verdulería. No hay que olvidar que algunos de los artículos que venden son auténticos lujos. Tanto para el paladar para la cartera. Espero que a mediodía tengamos ya todas las compras hechas. Entonces será el momento de pedirle a mi querido cónyuge que me invite a comer en algún sitio bonito. Al lado del mar, aunque llueva. Eso sí que son vacaciones.
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20 Diciembre 2006
Para mi hija la decisión fue sencilla. Babea con mi lencería, así que le iba a dar la oportunidad de creerse mayor con un conjunto que había pensado comprarle. Sabía que sería difícil, porque con once años y un desarrollo normal no iba a encontrar demasiado donde elegir, así que fui a lo seguro. Llovía y llovía, pero hoy tenía que quedar resuelto. Me he ido directamente a Benetton underwear, y, después de que me enseñara la amable dependienta todos los modelos que, en esa talla, podía ofrecerme, en el colmo de la profesionalidad me ha dicho que, antes de envolverlo definitavente, le preguntara a la madre de la niña si le parecía el tamaño adecuado. La madre soy yo, y sí, es el tamaño adecuado. Un largo rato después y un par de paquetes (uno por conjunto) especialmente preparados para regalo, de vuelta a la oficina, a la que he llegado fuera de tiempo y empapada, he ido preparando mentalmente el menú. Mañana completa. Ya puedo empezar a pensar en nochevieja.
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19 Diciembre 2006
Ni menú ni regalitos. Lo cierto es que todavía no tengo nada preparado para la noche buena y alguien se va a enfadar mucho conmigo. Esa misma alguien que, aun sabiendo exactamente en qué parte de la casa suelen estar escondidos los paquetes con regalos cada año por estas fechas, insiste en escribir largas cartas con destino al polo norte, con su mejor caligrafía, pidiendo, además de paz en el mundo, cosas mucho más materiales que vayan engrosando el apartado 'propiedades' en su particular libro de contabilidad. Esa misma alguien que puede pasar de cena, pero no de paquete primorosamente envuelto. Ideas, necesito muchas ideas.
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